
Hay una corriente muy curiosa entre los progres de todos los tiempos, que es la de preconizar un catastrofismo y Apocalipsis sobre los seres que moramos en el planeta, siempre y cuando no nos avengamos a cumplir sus mandatos que casi siempre, oh casualidad, tienen un cariz anticapitalista y en contra del libre mercado.
El profeta actual por excelencia del Armagedon es Al Gore, personaje que se está forrando a base de anunciarnos los devastadores efectos del supuesto cambio climático sobre la faz de la Tierra, aunque él precisamente no predique con el ejemplo. Les encanta augurar escenarios catastróficos de los que nadie podrá escapar, aún a sabiendas de que muchísimas de sus profecías carecen del mínimo rigor científico.
Ya en los años 60 un icono de la progresía, un tal Paul Ehrlich, pronosticó en su libro La bomba poblacional la desaparición de media humanidad a causa de la falta de alimentos y, en concreto, en un alarde de total clarividencia, que en los EE UU antes del año 2000 perecerían de inanición 65 millones de personas. Por supuesto, esto no sucedió, pero él ganó unos cuantos miles de dólares predicando sus teorías allá por donde iba.
El alter ego de Ehrlich, sin lugar a dudas, es el señor Gore, máximo vicario de la nueva religión del cambio climático. En su Gulfstream privado, porque un buen progre no debe utilizar los medios de transporte que usted y yo, gente normal, usamos habitualmente, se desplaza de país a país adoctrinando y sermoneando acerca de la pérfida influencia del hombre sobre el aumento de la temperatura terrestre, al mismo tiempo que se embolsa cantidades nada despreciables de dinero, pero que como son para la “causa”, buenas son.
Lo cierto es que los cambios climáticos terrestres se vienen produciendo desde su formación hace unos 4.500 millones de años, y si observamos los datos del siglo pasado, la temperatura media del planeta se elevó 0,8º y no en todo el globo, porque en el hemisferio sur incluso descendió ligeramente. Hasta 1940, la temperatura ascendió a pesar de la muy escasa concentración de CO2 atmosférica, momento a partir del cual la temperatura empieza a bajar durante más de 30 años, a pesar de que las emisiones contaminantes experimentaron un auge sin precedentes a causa del desarrollo industrial posterior a la II Guerra Mundial.
Si atendemos por ejemplo a los huracanes, de los diez huracanes atlánticos más fuertes desde 1900, cinco tuvieron lugar en la primera parte del periodo y otros tantos en la segunda; y siete de esos diez ocurrieron antes de 1975, es decir, antes del comienzo del grueso del calentamiento global del siglo XX. Por lo tanto, ni que decir tiene que debemos cuidar el planeta y no hacer un consumo abusivo de las energías y recursos a nuestro alcance, pero siempre desde un sentido de la lógica y la conciencia y no por el amedrentamiento de estos curillas laicos que desde sus púlpitos nos anuncian un fin del mundo, mientras nos esquilman los bolsillos. ¡Joder, qué tropa!
Pitt, 7 julio 2009